El tío Chacopino había nacido en la isla y apenas pisó en su vida otra tierra que las 30 hectáreas de pueblo, muelle y secarral, rodeadas de mar habitualmente tranquilo, que formaban su mundo, a poco más de dos millas náuticas del Continente. Solo en ocasiones, con el fin de vender el producto de la pesca, desembarcaba en Santa Pola o en Alicante, para llevar los peces, aún vivos, a las lonjas donde los pescateros pujaban por el fruto de su trabajo, que apenas le compensaba de los esfuerzos y los peligros que corría en su dura profesión. A lo largo de su ya prolongada existencia había visto a más de uno de sus vecinos engullido sin remedio por las olas del que no siempre era pacífico “Mare Nostrum”. Pero no se quejaba. Su vida era la mar, la isla, la familia y las tardes de taberna en “Ca’l Merdeta”, con sus amigos y compadres.

Ahora ya no fantaseaba, como cuando era un niño y se zambullía cerca de la Cueva del “Llop Marí” donde, según decían los más viejos, de vez en cuando recalaban bellísimas sirenas que, tras descansar allí unos días, seguían su rumbo a Gibraltar y el lejano Océano. Había que llevar cuidado con ellas, pues parece ser que encandilaban a los hombres con sus cantos y se los llevaban al fondo del mar, del que nunca volvían, ni vivos ni muertos; aunque algunas veces, una procesión de etéreos fantasmas había sido vista recorriendo las murallas en las noches más oscuras, profiriendo gritos lastimeros, en inútil porfía por regresar al mundo de los vivientes. Al niño Chacopino se le erizó el vello siempre que pensaba en aquellas criaturas marinas antropomorfas.

Desde que empezó la guerra, los tabarquinos solían apostarse en las murallas del norte de la isla, desde donde, cuando el aire está limpio, se puede ver Alicante bajo el monte Benacantil. Muchas veces, en medio de la noche, los resplandores de las bombas de aviación que caían sobre la capital iluminaban los cielos del horizonte y al rato, un sordo rumor de explosiones llegaba a las costas isleñas. En otras ocasiones, era de día cuando negras columnas de humo se alzaban sobre la castigada ciudad, mientras el tardo retumbar llegaba a Tabarca como un lamento profundo, como el estertor de toda aquella pobre gente que estaba muriendo en esos mismos momentos. El desfase entre el resplandor nocturno de las explosiones y el rumor de las mismas lo explicaba en voz alta don Eusebio, el maestro, a sus vecinos, atribuyéndolo al tiempo que tarda el sonido en recorrer los 20 kilómetros de mar que los separaban de la urbe. ”Un minuto, más o menos”, concluía, mirando a lontananza.

Aquel día de mayo de 1938, el tío Chacopino y otros dos pescadores, el “Chano” y el tío Parodi, se dirigieron un su “llaut” de vela latina a Alicante, con el fin de reclamar la herencia de una casa del pueblo. Dejaron la barca amarrada al muelle de tierra y se dirigieron por el Parque de Canalejas, camino de la Casa de Alberola, donde tenía su despacho el notario. En eso, un ulular espeluznante hirió sus oídos.

-¡La sirena! – gritaba la gente que huía hacia la Plaza de Balmis, en busca del refugio antiaéreo. El tío Chacopino, con sus compañeros, siguió al gentío mientras, del fondo de sus más viejos recuerdos, extraía la insidiosa amenaza de las pérfidas sirenas de Tabarca. Luego, en el estrecho subterráneo maloliente y atestado de gente aterrada, tuvo que esperar un largo rato, oyendo sobre sus cabezas, de vez en cuando, las explosiones y crujidos que un minuto más tarde llegarían a la isla en forma de un sordo rumor. Hasta que, de nuevo, el ulular de marras avisó de que ya había pasado el peligro.

Al salir al exterior, un panorama dantesco rodeó a los tres pescadores. Los sanitarios y los policías retiraban varios cadáveres y algún herido, de entre los escombros de un edificio que se había desplomado por efecto de una bomba.

-Collons amb la sirena! – se dijo el tío Chacopino – Millor haguera sigut veure´m amb les que, quan jo era xiquet, descansaven en la Cova del LLop Marí.

Miguel Ángel Pérez Oca.

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