El interior del refugio antiaéreo olía a humedad, a miasmas, a basura, a heces y a orina. A la luz de una única bombilla que colgaba del techo, un nutrido grupo de seres famélicos y asustados se hacinaba en los bancos corridos que sobresalían de las paredes.

El viejo Torcuato, ausente en su demencia senil, repetía una eterna salmodia:

-Arroz con bacalao, puchero con pelotas, gazpacho manchego con conejo y caracoles, pavo al horno… – mientras su hija Leocadia trataba de hacerlo callar.

-Déjelo ya, padre, que esta gente nos va a linchar si sigue usted provocándola con su lista de manjares de antes de la guerra.

En medio de aquella colección de esqueletos, solo una persona podía lucir carnes prietas y sonrosadas. Se trataba de la tía Paca, la curandera, de la que se decía que escondía en su desván docenas de jamones, chorizos, sacos de alubias, de arroz y de patatas y hasta pastillas de turrón, de tabaco y de chocolate. Los campesinos de los pueblos vecinos solían visitarla a altas horas de la noche, para que les curase los males y los miedos por medio de jarabes, tisanas y ungüentos; o incluso para que echara mal de ojo a algún vecino o fabricase un filtro de amor para una moza de buen ver. Y le pagaban en especie, porque la tía Paca no admitía dinero que, según ella, “no servía para nada”. Los labriegos le daban productos de buena calidad, porque tenían de sobra y contaban con buenos escondites en la montaña para sus comestibles y sus animales, ocultos a los ojos de los torpes agentes de abastos que los vigilaban para requisárselos.

A veces, la tía Paca se sentía generosa y obsequiaba a algún vecino con el contenido de su cubo de la basura; y así había quien se mal alimentaba con las mondas de las patatas, las vainas de las habas y las vísceras de los pollos y conejos con los que se nutría la oronda bruja.

La niña Paulita siempre tenía frío, además del hambre que se le sublevaba en sus entrañas de adolescente. Acababa de llegar al refugio con su madre y su hermano mayor, al que ambas habían traído casi en volandas, ya que apenas se tenía en pie y no había ido al frente porque padecía tuberculosis. Ahora estaba sentada en el suelo, arrebujada en una raída manta y miraba obsesivamente los hombros redondos de la curandera, mientras pensaba que aquellas abundantes carnes, tersas e insultantes, estarían exquisitas asadas a fuego lento, chorreando grasa…

-Tengo hambre, tengo un hambre canina, mala puta gorda – rezongaba por lo bajo, desde su rincón, mientras el viejo Torcuato proseguía con su insufrible melopea – “arroz con bacalao, puchero con pelotas, gazpacho manchego…” – y los estampidos de las bombas sonaban cada vez más cercanos, haciendo temblar los castigados muros del refugio.

En eso, una terrible explosión sacudió el recinto y la luz de la bombilla se apagó. En la oscuridad se oían los gemidos de terror de la gente, superados por unos rugidos insólitos y unos alaridos desgarradores que venían del lugar que ocupaba la tía Paca.

Cuando volvió la luz, la curandera yacía en el suelo, inerme y cubierta de sangre. Parecía muerta, con los ojos en blanco y la tez pálida, como la cera.

-¡La han atacado las ratas! – dijo una comadre.

-¿Las ratas? – la corrigió un miliciano desnutrido – No han sido ratas sino una alimaña, un perro rabioso, quizá, o una fiera escapada de un circo. Esos son mordiscos de un carnívoro grande y fuerte. Mirad, le ha arrancado todo el hombro de una sola dentellada… Pero, ¿dónde se esconde ahora ese maldito bicho? – y todo el mundo miró a su alrededor con ojos espantados, tratando de localizar la guarida de la bestia.

En su rincón, sin que nadie reparase en ella, la niña Paulita masticaba y engullía trabajosamente, oculta tras la manta, mientras trataba de limpiarse la sangre que chorreaba por las comisuras de sus labios.

Miguel Ángel Pérez Oca.

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