Al contrario de lo que sucede en el resto de la bibliografía de Mary Shelley [MS], en Frankenstein no sale la palabra laberinto. Sin embargo, comprobaremos que este concepto es más relevante de lo que podría parecer en un principio. Se trata de una elipsis intencionada que nos aporta pistas sobre el origen perdido de la novela.
“Que poco listos han estado los errantes, quienes habiendo abandonado su refugio, quedaron atrapados en la telaraña de la sociedad, entrando por fin en lo que la gente de mundo llama “vida”, ese laberinto del mal, ese esquema de tortura mutua…”1
Para empezar, Frankenstein es un laberinto literario que atrae y repele al mismo tiempo, y nada más cruzar el umbral ya no puedes parar de leer. Quedas atrapado en sus páginas, y de seguido te topas con temáticas que te trasladan al sustrato mítico del laberinto. El orden y el caos, la prueba iniciática y el viaje impedido, la búsqueda y el extravío, el peligro y la emboscada, el absurdo y el misterio… Y como no, con el ineludible enfrentamiento del héroe contra lo monstruoso, con alguna doncella a la fuga, y hasta un ciego perseguido por la justicia que se refugia en un bosque.
Si nos fijamos en la estructura narrativa, todo comienza y termina en un formato epistolar, lo que fomenta la introspección y la sensación de misterio; justo lo que pasa en los laberintos. Además, lo que al principio parecía sencillo se va complicando por momentos; y cuando alcanzas el cuerpo central, ves que la historia principal funciona como soporte de otras narraciones. Todo confluye en tres relatos concéntricos, encadenados entre ellos, que dan origen a un texto paralelo, autónomo y polifónico.
El resultado es que no existe un recorrido único para llegar al centro. La autora presenta no uno, sino al menos tres hilos principales entrelazados, que personifican Walton, Víctor y su Criatura; personajes todo hay que decirlo, con muchos paralelismos entre ellos. Se trata en definitiva, de un relato coral no solo por sus múltiples caracteres, sino porque muchos de ellos actúan como el eco de un mismo personaje, evocando una sensación de resonancia emocional.
A la ausencia de un itinerario o protagonista único, se suma la confusión producida por los efectos de luz y sombra que enmarcan las escenas, la armonía o el contraste de tonos narrativos y los juegos de perspectiva entre personajes, alternando entre primeros y segundos planos; como si se estuviera ante un pasadizo de cien puertas de las que salen y entran sin cesar los figurantes. Todos ellos tienen en común que se encuentran en trance de encontrar su camino, afrontando situaciones personales confusas, tanto en el plano físico como emocional, viéndose arrastrados hacia una espiral de errores.
“When I recovered, I found myself surrounded by the people of the inn; their countenances expressed a breathless terror..”2
En consonancia con el laberinto de perdidas en el que incurren, en Frankenstein se nos traslada con frecuencia a un paisaje interior de encierro y reclusión, donde los protagonistas guardan un secreto que los aísla. Un espacio físico o mental opresivo en el que predominan los sentimientos de angustia, desorientación y claustrofobia.
Ahí tenemos a la Criatura, abocada a una vida solitaria y cenobítica en el bosque, no sólo por situaciones sobrevenidas que cercenan su libertad de movimientos, sino porque se siente encerrado en una “prisión interior”. Comparte así las vivencias del joven Werther, tal cual lo leyó durante su etapa de aprendizaje en aquel libro de Goethe. En circunstancias similares encontramos a Walton, y sobre todo a Víctor, que vive emparedado en un laberinto que el mismo ha construido, y del que no sabe salir. Un laberinto en que la razón se pierde y la imaginación se ofusca; urdido de sueños, delirios, miedos, etc…, y en el que, quien más quien menos, anda perdido en su propio laberinto-mundo.
“I could hardly sustain the multitude of feelings that crowded into my mind…”3
Para componer su extraño logogrifo, MS pudo inspirarse en las notas sobre el Laberinto de Creta, que dejó William Godwin en una obra dedicada a instruir a sus hijas en la mitología griega y romana, The pantheon: or, Ancient history of the gods of Greece and Rome, 1806. También en los versos de su compañero Percy abundan las referencias a los laberintos, aunque nunca llegó a meterse en la guarida del Minotauro, como sí lo hace MS en Frankenstein.
Así, al artificio de MS no le falta su Dédalo singular. De inmediato pensamos en Víctor, que se auto-define como un inventor poco común. Claramente emula al mismo Dédalo, que además de ser un gran escultor cuyas piezas, una vez acabadas, parecían tener alma; sino que parecían dotadas de movimiento y era preciso encadenarlas a la pared para que no se dieran el piro.
Como Dédalo, también Víctor simboliza la búsqueda de conocimiento, la duda y los dilemas morales; todo ello materia esencial de los laberinto. En parte encarnaría a la Techne, la pericia técnica, pero así mismo, al estereotipo del inventor poco escrupuloso que desata una cadena de problemas. Sin embargo, a diferencia del mítico Dédalo, Víctor sí acaba castigado por su bizarro invento.
Siguiendo con el razonamiento, y ya que los mitos de Icaro -hijo de Dédalo- y Prometeo se asocian a metáforas del intelecto en su aspecto técnico y humano, podríamos identificar a Víctor, pero también a Walton, con aquel tipo de pensamiento creativo y decidido -vinculado con la figura de Dédalo, pero también de Teseo-, que le aporta una fe ciega en la victoria y le impulsa a vencer obstáculos sin descanso.
Como no podía ser de otra forma, al laberinto-prisión de Víctor Frankenstein no le falta su extraña criatura, medio humana y medio animal, invisible pero omnipresente, emboscada al final del recorrido, guardando el oscuro secreto de la novela.
“Dédalo jamás tejió un error tan inextricable alrededor del Minotauro como el que la locura ha tejido alrededor de su razón aprisionada. Ni tú, ni ningún otro Teseo, podréis recorrer el laberinto, del que quizás alguna cruel Ariadna tenga la clave…”.4
Este reparto de papeles Teseo-Minotauro parece lo más obvio, pero en el laberintos de pasiones humanas que es Frankenstein, con sus espejos deformantes, las apariencias engañan, todo se confunde y todo es distinto.
Uno de los momentos cumbres de la novela, se produce cuando la Criatura, tras ser rechazada y abandonada por los De Lacey, se venga prendiendo fuego a la cabaña que habían ocupado durante meses; y bailando alrededor de las llamas con la antorcha en la mano.
Lo más inmediato es pensar en un rito de paso de la Criatura, que por así decirlo pierde la inocencia y se desata a partir de aquí una espiral de furia y crímenes. Un punto de no retorno en la narración, en el que extraordinariamente, este personaje parece asumir la personalidad de Teseo, que también bailó frenéticamente tras acabar con el Minotauro y escapar del laberinto.
Si acudimos al relato clásico, comprobamos que Teseo se asocia con el héroe solar, con la encarnación de la luz y la vida; y que por otro lado, el Minotauro personifica las fuerzas telúricas de la oscuridad y la muerte.
Sin embargo, a tenor de lo que nos cuenta Plutarco sobre la ambigua personalidad del héroe griego, igual no siempre era así. A Teseo se atribuye nada menos que la fundación de la democracia, pero a su vez era un tipo sanguinario y violento. Así a partir del pasaje citado, Teseo parecería prestarle a la Criatura, toda su naturaleza primordial y cruel. Curiosamente, Plutarco cuenta que cuando los atenienses viajaron hasta la Isla de Scyros muchos años después, para exhumar los restos de Teseo y trasladarlos a Atenas, lo que encontraron fue unos huesos que pertenecían a un ser de extraordinarias dimensiones.
“But he found that a traveller’s life is one that includes much pain amidst its enjoyments. His feelings are forever on the stretch and when he begins to sink into repose, he finds himself obliged to quit that on which he rests in pleasure for something new, which again engages his attention, and which also he forsakes for other novelties.”5
El laberinto de la ciencia en la novela es de orden irresoluble; y los personajes nunca logran salir de él. Si el conocimiento les aporta luz para guiarse en la oscuridad y la incertidumbre, las circunstancias cambian a tal velocidad, que estas enseñanzas quedan pronto obsoletas.
El ejemplo más evidente es la búsqueda que emprende Víctor Frankenstein, donde no hay límites, ni tiene un final real: el camino del descubrimiento que emprende es interminable e ilimitado. Encarnaría como hemos dicho antes a la inteligencia humana, con sus grandezas y sus miserias, que busca comprender los portentos de la naturaleza y analiza minuciosamente la composición de la materia; que compara, examina y funda un sistema sobre otro. Una inteligencia capaz de sorprender a la naturaleza en el vasto laboratorio de sus operaciones, pero que al acceder a las causas profundas de los fenómenos biológicos, cae como Icaro, en el abismo de su propia nada.
Y que decir del enrevesado experimento, aspecto clave de la novela que nos remite a los vínculos entre el nudo y el laberinto. Víctor se enfrenta aquí, a un fenomenal enredo que debe ser desecho, y que se origina en la variedad de materias que confluyen en la disciplina de la Filosofía Natural. Un proceso de aprendizaje interdisciplinar que incluiría extensos conocimientos sobre matemáticas, electricidad, química, geología, fisiología o anatomía; los cuales siempre van dirigidos a su aplicación práctica en su experimento-nudo.
“Although I possessed the capacity of bestowing animation, yet to prepare a frame for the reception of it, with all its intricacies of fibres, muscles, and veins, still remained a work of inconceivable difficulty and labour..”6
Salta a la vista que MS recurre a motivos característicos del laberinto gótico, desde el aislamiento y el horror hasta la confusión y la muerte. Así, por momento nos presenta un mundo excesivo y violento, poblado de fantasmas familiares, sueños inquietantes, fosas sepulcrales, seres deformes y grotescos rodeados de un entorno natural sombrío, donde se intuyen presencias invisibles.
Sin embargo, MS logró expandir las dimensiones tradicionales del laberinto en la ficción gótica. Ya no encontramos claustrofóbicos castillos con sus pasadizos subterráneos, sino una frenética persecución por espacios naturales de todo el continente; donde las relaciones espaciales que se establecen son complejas y llenas de simbolismo.
Ejemplo de ello, es el tratamiento de las ciudades y las multitudes como espacio amenazante y laberíntico; donde la urbe masificada choca con la soledad de los protagonistas, el bullicio callejero con el silencio imponente de los paisajes naturales. Por distintas razones, los protagonistas no frecuentan lugares poblados; como en el caso de Víctor, que escoge el zaguán de una vieja posada de Ingolstad para montar su laboratorio y llevar a cabo su experimento, un lugar aislado del resto del inmueble al que se accedía por una serie de escaleras y galerías. En definitiva, las ciudades en Frankenstein, nos remiten al concepto del laberinto del mundo; camino humano materializado, en este caso, como plano urbanístico.
“I traversed the streets, without any clear conception of where I was, or what I was doing..”7
Hablando de paradojas espaciales, comprobamos que los personajes principales emprenden un viaje en que deben atravesar fronteras a hurtadillas, en secreto, ya que en aquella década de 1790 la mayoría de los territorios en guerra entre ellos. Proveniente de uno de esos Imperios en disputa, el capitán Walton ha estudiado el laberinto de rutas polares emprendidas por las diversas expediciones fallidas realizadas desde el siglo XVI y encontrar el paso del Noroeste, pero falla y finalmente quedará atrapado por la masa de hielo polar que amenazaba con sepultarlos. La aparición en escena de Víctor resulta providencial, ya que le aportará algunas ideas que Walton considera muy valiosas para replantear su itinerario ártico.
También Víctor y su Criatura, en su huida hacia adelante, tratan de escapar el uno del otro sin éxito, ya que están unidos por una fuerza gravitacional. Primero, será la Criatura quien persigue a Víctor, remontando el Rhin a través de Alemania, hasta Inglaterra y luego a las Islas Orcadas, donde Víctor comienza y luego abandona a la segunda Criatura en medio del experimento. Después, tras el asesinato de Elisabeth, será Víctor quien aceche a la Criatura por Europa, Rusia y los páramos árticos. Una persecución que llega a tomar tintes de parodia, ya que Víctor se guía por la comida y los petroglifos que le deja la Criatura marcando su agónico recorrido.
“Sometimes the peasants, scared by this horrid apparition, informed me of his path; sometimes he himself, who feared that if I lost all trace I should despair and die, often left some mark to guide me..”8.

En Frankenstein encontramos otros elementos distintivos de los laberintos, como son referencias a bibliotecas, cuevas, gabinetes de curiosidades y extraños rituales de sacrificio; y así mismo, como es costumbre en este tipo de escenarios, se juega con el lenguaje, el sueño y el tiempo.
Si como hemos visto, las paradojas espaciales son sustancia propia de los laberintos de Frankenstein, sucede algo similar con el tiempo, que cobra una dimensión inesperada.
De pronto, proponer la idea de crear vida y alterar el orden natural, ya implica cuestionar la naturaleza misma del tiempo. Partiendo en dos su concepción lineal, la reanimación de la Criatura rompe la flecha del tiempo, al mostrarnos el retorno de un individuo supuesto muerto o desaparecido, al presente y entre los vivos.
La autora juega con el tiempo, ya que recurre alternativamente a flashbacks y a cambios de perspectiva. Unas veces tienes la sensación de que el ritmo de la narración se estanca, y otras que se acelera de forma súbita. Incidiendo en ello, MS recurre con frecuencia a la circularidad, a la repetición de conceptos y a la reversibilidad de caracteres. Frente a una sucesión de realidades dobles, paralelas, e incluso congeladas en el tiempo, los lectores pueden llegar a experimentar un ligero déjà vu, y ciertasensación de vértigo.
“How slowly the time passes here, encompassed as I am by frost and snow..”9
Para anacronismos cronológicos, quien mejor que la Criatura de Víctor Frankenstein, capaz de ridiculizar los esfuerzos humanos por dominar el tiempo. En cierta forma encarna a Cronos, que simboliza el miedo al paso del tiempo en la era moderna, mofándose de un Víctor que tanto se vanagloria de ser dueño de su propio destino, protagonista de su propia historia. Por sus orígenes y condición social, Víctor representa los esfuerzos vanos por domesticar el tiempo y defenderse de su influjo por los artificios del reloj, del calendario, la medida o del calculo.
A parte de que los protagonistas narran hechos que se suceden al tiempo que aparecen en la obra, la autora recurre al uso de cronologías imposibles -analepsis-, que nos trasladan a otro tiempo contándonos sucesos ya acontecidos. Si bien el marco conceptual nos remite al periodo de la Ilustración, MS se permite añadir algunos temas de actualidad en la segunda década del siglo XIX, que funcionan como trampillas literarias que conectan épocas distintas.
Estas transgresiones temporales transforman la datación de la novela en un rompecabezas que aun ha sido resuelto. Sin embargo, sí ha permitido fijar el cronograma de la narración en la última década del siglo XVIII, ya que las cartas que son el origen de todo, con toda probabilidad están fechadas entre 1792 y 1799. Con ello, la autora quiso enmarcar su narración en una encrucijada histórica como fueron los años de la Revolución francesa, umbral entre épocas diferentes, Ilustración-Romanticismo.
Parafraseando a Milton, MS quiso dejarnos algunas pistas para guiarnos por el laberinto de la historia olvidada. De esta manera, Frankenstein no expone la visión de un mundo futuro, sino que nos invita a trasladarnos desde el pasado hasta el presente, a presenciar un viaje donde los personajes se embarcan a su pesar, sin saber el destino.
El pasado pues, surge en cada esquina del relato en forma de continuas referencias al tiempo cíclico y circular, que se sustenta en los mitos de las edades y del eterno retorno; pero también remitiéndonos al tiempo de los orígenes, a la creación del mundo. En este sentido, Frankenstein se ha asociado a viejas creencias sobre la inmortalidad humana; a rituales ancestrales que siempre implicaban la peregrinación -descenso- por los territorios de la muerte, y si había suerte, el renacimiento a la vida. En definitiva, a la victoria sobre la muerte.
“El Tiempo ya no existe, una vez he traspasado el umbral de la eternidad..”10.


En otro plano, diríamos que la metáfora del laberinto no fue ajena a la idea original de la autora, ya que se ha descrito a este libro como una bibliogénesis, es decir, como un gran rompecabezas formado por referencias bibliográficas múltiples. Un conundrum de conceptos e ideas que, como es lógico, no ha facilitado una lectura única.
Ésto es justo lo que le pasa a Frankenstein, donde encontramos sin solución de continuidad lecturas en clave científica, política, racial, colonialista, feminista, revolucionaria, religiosa, freudiana, etc… Esto obliga, al que pretenda profundizar en la novela, a realizar su propia composición de lugar, si no quiere acabar perdido en el legajo de publicaciones que ha suscitado el relato de MS.
Bastaría con consultar alguna de las revisiones anotadas de Frankenstein, para darse cuenta de las múltiples conexiones que alberga la novela. No existe un único hilo del que tirar, sino decenas de ellos, casi tantos como áreas de análisis se han generado. Por si faltaba algo, el diálogo se ha vuelto casi imposible, por la multitud de voces dispares y la proliferación de visiones parciales de la novela. Algunos incluso afirman que no hay más tela que cortar…
“I was like the Arabian who had been buried with the dead, and found a passage to life aided only by one glimmering, and seemingly ineffectual, light..”11
El mundo de Frankenstein, en lugar de ser, como dicen algunos especialistas en la novela, un laberinto del que solo ellos poseen la clave, sigue en realidad lleno de enigmas que nadie ha podido resolver hasta ahora. Cuando estudias las diferentes visiones que ofrecen los especialistas, lo significativo no es que muchas de ellos se contradigan, sino que se tiende a desbrozar la naturaleza filosófica de la novela.
Con ello no hacen sino seguir el camino marcado por la autora en su revisión de 1831, generando una serie de análisis sesgados, que unas veces desvisten a Víctor Frankenstein de sus buenas intenciones iniciales, y otras nos ofrecen lecturas negativas de la ciencia basadas en cuestiones morales o de orden teológico. Análisis que, por lo general, tienen al mal llamado monstruo como único objeto de estudio.
Seguimos sin un plano detallado que nos guie para encontrar la salida del laberinto urdido por Mary Shelley hace ya más de 200 años. En parte, este berenjenal filosófico es atribuible a la autora, que fue la primera en caer víctima de su laberinto. Ya en la versión original obvió ciertos aspectos de la narración con el propósito de que el lector se implicara, es decir, se hiciera preguntas e intentara contestarlas por sí mismo. Y después, con la revisión de 1831, removió el fondo de la cuestión y embrolló el mensaje original.
Tratando de subsanar estas deficiencias, en estos textos que presentamos nos remontamos a las fuentes primarias, es decir a 1818, para intentar recuperar toda su complejidad. Lo que Max Duperray denominaba ..la nebulosa intelectual y filosófica que envuelve sus orígenes.
“We watched the rapid progress of the traveller with our telescopes, until he was lost among the distant inequalities of the ice…”12

Para concluir, citar algunas de las novelas que leyó MS antes de su debut literario, y que incluyen laberintos varios; como Los Misterios de Udolfo, de Ann Radcliffe, o las obras de Shakespeare. Tampoco faltan, entre los filósofos con más presencia en Frankenstein, unos cuantos que se interesaron por los laberintos. Entre ellos Plinio el Viejo, que revisó la historia de los antiguos laberintos. O Milton, que ahondó en el abismo de la espiritualidad. También Goethe se perdió los laberintos de la mente humana. Pero quien más destacó en esta materia es Georges Leclerc de Buffon [1707-1788], a quien sus colegas llamaban el Dédalo francés por su faceta de inventor y experimentador. Suya es la frase, ..la vida es un Minotauro, que devora el organismo.
Buffon no solo fue un apasionado de los jardines y laberintos vegetales, sino que también los construyó en varias lugares de Francia -París, Borgoña o Normandía-. El único que ha sobrevivido al paso del tiempo es el Gran Laberinto, situado en lo que hoy es el Jardín de las Plantas de París, del que Buffon fue impulsor. Un espacio anexo a las instalaciones del Museo de Historia Natural, construido sobre una pequeña elevación del terreno cubierto de vegetación y con algunas estatuas; el cual disponía de una senda en forma de espiral que conducía al templete ubicado en su cima. Si bien no hay constancia de ello, es más que probable que los Shelley lo recorrieran en alguna de sus estancias en París.
“La naturaleza, desplegada en toda su inmensidad, nos presenta un inmenso cuadro [..] una serie continua de objetos lo suficientemente cercanos y similares como para que sus diferencias sean difíciles de percibir; esta cadena no es un simple hilo que se extiende solo longitudinalmente, sino un amplio tejido, o mejor dicho, un haz que, a intervalos, desvía sus ramas para unirse a haces de otro orden…”13
Otro de los legados de Buffon que atrajo a los Shelley como polillas a la luz, fue su obra magna Historia Natural general y particular, donde presentaba una visión pluridimensional de la naturaleza, capaz de deambular por el laberinto del mundo en toda su amplitud. Una obra multivolumen en la que abundan las metáforas del mapa, la telaraña, la red, la trama e incluso del árbol, y que como veremos fue decisiva en la composición de Frankenstein.
Imitando a la naturaleza, la primera novela de MS se despliega en múltiples direcciones, sin un principio o un fin determinados, donde todo esta relacionado con todo. Un laberinto de laberintos que crece sin cesar y no parece conducir a ningún sitio. Así sucede también en el pensamiento del naturalista francés, a quien convertimos en protagonista de nuestro análisis de Frankenstein.
NOTAS:
- 1SHELLEY, Mary: The Last Man. Londres, 1826,Tomo I, p. 191
- 2SHELLEY, Mary: Frankenstein, or, The modern Prometheus. Londres, 1818, Tomo III, p. 120.
- 3SHELLEY, Mary: Frankenstein. Ob. Cit, Tomo I, p. 142.
- 4SHELLEY, Mary: The Last Man. Ob. Cit,Tomo I, p. 64.
- 5SHELLEY, Mary: Frankenstein. Ob. Cit, Tomo III, pp. 30-31.
- 6SHELLEY, Mary: Frankenstein. Ob. Cit, Tomo I, p. 87.
- 7SHELLEY, Mary: Frankenstein. Ob. Cit, Tomo I, p. 103.
- 8SHELLEY, Mary: Frankenstein. Ob. Cit, Tomo III, pp. 147-148.
- 9SHELLEY, Mary: Frankenstein. Ob. Cit, Tomo I, p. 10.
- 10SHELLEY, Mary: The Last Man. Ob. Cit, Tomo II, p. 47.
- 11SHELLEY, Mary: Frankenstein. Ob. Cit, Tomo I, p. 86.
- 12SHELLEY, Mary: Frankenstein. Ob. Cit, Tomo I, p. 22. También, Atlan, H: L’utérus artificiel. Paris, Éditions du Seuil, 2005, p. 18.
- 13BUFFON: Obras Completas. París, 1884-1886, Tomo V, p. 202.









